CAPÍTULO II

Era una hermosa mañana de primavera cuando Takamaru, un novicio de tan solo once años de edad, salió del templo Myōsen para recoger hierbas y flores en Araizaka, acompañado por un monje mayor llamado Kanryō. De pronto, al cruzar por un viejo puente, el niño resbaló y cayó al río helado, demasiado crecido por el deshielo y la lluvia del monte Iizuna1.

Los gritos desesperados de Takamaru pidiendo auxilio alertaron a Kanryō, quien corrió con todas sus fuerzas por la orilla tratando de alcanzarlo, pero fue inútil. La corriente lo arrastró con violencia. Su cabecita salía a flote y, de inmediato, se hundía; uno de sus brazos se alzaba y, al instante, desaparecía bajo el agua embravecida… Y así fue hasta que sus gritos se volvieron tan débiles como el zumbido de un mosquito, quedando de él tan solo una imagen para siempre grabada en los ojos de Kanryō.

Esa noche, la gente del pueblo acudió al río con antorchas en mano. Buscaron al pequeño durante horas, hasta que alguien lo encontró, sin vida, atrapado entre las rocas de un meandro. Nadie había podido salvarlo. Recogieron su cuerpo con sumo cuidado, en silencio, acongojados por aquel triste desenlace, y, mientras lo hacían, descubrieron un puñado de petasitas2 en uno de sus bolsillos. Probablemente el niño las había guardado para dárselas a sus padres cuando volviera a casa. Fue en ese instante que todos rompimos a llorar. Incluso los hombres más rudos, aquellos que rara vez se quiebran, no dejaban de secarse las lágrimas con las mangas de sus ropas, mientras llevaban al pobre Takamaru en un palanquín de bambú rumbo a su hogar.

Era más de medianoche cuando los padres del joven novicio corrieron a la entrada de su casa para recibir el cuerpo de su hijo. Nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna; simplemente, nos limitamos a contemplar aquel llanto amargo. Es cierto que, como seguidores del Camino, los padres siempre habían hablado sobre la trascendencia del dolor y las miserias de este mundo. Pero ¿cómo podría el corazón humano mantenerse sereno ante la pérdida de un hijo? El amor que los unía como familia era más fuerte que cualquier doctrina, y su pena brotaba pura, sin contención. El amor hacia su hijo los había destrozado. Por eso lloraban. Por eso… Por la mañana, aquel muchacho andaba a sus anchas y reía; ahora, en plena madrugada, yacía inmóvil y frío.

Dos días después me uní al cortejo fúnebre para la cremación del cuerpo y escribí el siguiente Waka3:

思ひきや下萌いそぐ若草を
野邊のけぶりになして見んとは
omoiki ya shitamoe isogu wakakusa wo
nobe no keburi ni nashite min to wa

¿Quién lo habría imaginado?
Tantas hierbas, aún tiernas,
que apenas comenzaban a brotar,
entregadas al fuego, alzándose en humo
que flota sobre el campo4.

Al igual que los padres del pequeño Takamaru, acaso también las flores lloran al presentir que pueden ser cortadas o quemadas justo cuando abren su rostro al sol de primavera tras la nieve invernal. ¿No son sus vidas tan frágiles y breves como las nuestras? Y si comparten el destino de todo ser que nace y se extingue, ¿no podrían, también ellas, alcanzar el nirvana5 al final?

 

 

 

 

NOTAS:

1El «Monte Iizuna» (izuna-yama 飯縄山) es un estratovolcán ubicado en la zona central de la isla de Honshū, a diez kilómetros del centro de la prefectura de Nagano. Tiene una altitud de 1917 metros y es considerada una de las «Doscientas montañas más famosas de Japón» (nihon ni-hyaku meizan日本二百名山).

2La planta petacita (petasites hybridus) es un arbusto que crece en zonas húmedas como pantanos, bosques nublados y orillas de río. Tanto sus hojas como sus semillas son utilizada popularmente con fines medicinales.

3El Waka 和歌 es un poema clásico japonés caracterizado por el uso de un complejo sistema de símbolos y por tener 31 unidades de sonido (o moras) dispuestas en cinco unidades rítmicas (o versos) de 5-7-5-7-7. Suelen tratar sobre la naturaleza, el amor, el desamor, la espiritualidad, el anhelo y otros temas que expresan emociones y experiencias humanas.

4El «humo de los campos» (nobe no keburi 野邊のけぶり) es una imagen que posee un significado ambiguo: por un lado, alude al humo de un incendio forestal; por otro lado, al humo de una cremación fúnebre. En cualquier caso, simboliza la fragilidad y fugacidad de la vida frente a los acontecimientos fortuitos.

5Para el budismo, el «Nirvana» (nehan 涅槃) —en sánscrito, nirvāa निर्वाण— hace referencia a un estado que puede alcanzarse mediante diferentes técnicas y prácticas espirituales (como la meditación), y que consiste en la liberación de los deseos, el sufrimiento, la conciencia individual y el ciclo de reencarnaciones al cual se encuentra atado todo ser terrenal.

AUTORES

Rubén Silva
Rubén Silva
Gonzalo D. Marquina Arcos
Gonzalo Marquina
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